El “Festival Palabra de Mujer” surge hace un año a partir de la necesidad de darle voz y reconocimiento a las mujeres a través de distintas expresiones artísticas, su antecedente es el Festival Puro Cuento, fundado en Costa Rica hace trece años. No es hasta el año pasado en el que los organizadores decidieron darle un giro social en ese país y donarle a la ciudad de Toluca un evento con una campaña para frenar el acoso callejero.

Escribir es una provocación. Carece de género y como magia de la diversidad natural, se excede en alternativas liberadoras.

Escribir es una provocación. Carece de género y como magia de la diversidad natural, se excede en alternativas liberadoras.
Otorgarle a la palabra el silencio leído o el alarido de un discurso.

En ambos casos y en multitud de posibilidades. Escribir no deja de ser una disculpa que increpa a la realidad, con la contundencia del
lenguaje. Y la deliberada seducción de un baile de vocales y consonantes, que se mezclan y se separan al calor de su propio acento, desafiante metáfora o contundente verbo.

Bajo el hechizo del discurso y la solvencia de una erudición vital y pragmática , Yolanda Oreamuno fue seducida por las palabras del
General Jorge Volio en el colegio de señoritas de San Jose. Que entre otras cosas, le oyó decir al general: “La Historia y la Filosofía se diferencian en que la Historia cuenta cosas que no conoce nadie con palabras que sabe todo el mundo; en tanto que la Filosofía cuenta cosas que sabe todo el mundo con palabras que no conoce nadie.”

Yolanda que iba creciendo en su cuerpo, pero ya madura en curiosidades y asombros. Hizo eco de la llamarada de esas palabras, para encontrarle cierto humor e ironía en sus futuros pasos como exiliada de su propia vitalidad y energía en la ruta de su evasión. Telúrica novela que vislumbro el fuego de una mujer libre de ataduras, para expresar en el arte escrito las desigualdades emocionales con que el ser humano se priva del verdadero placer de la vida, mientras se ahoga en el mar de sus propias complejidades.

Chavela Vargas , guiada por la intuición musical de su propia rebeldía, dejo su terruño y partió hacia el volcán de su propio destino. Se instalo en el país latinoamericano de mayor metamorfosis en los albores de principios del siglo XX. Atrapo con su femenina garganta, la melodía patriarcal de una época, donde el presente solo era una consecuencia transitoria de las utopías del futuro. Y entre cantos y bohemias noches de delirios al son vertiginoso de tequilas. Impuso su voz, y nombre.

Dos mujeres que se exiliaron, en su propia realidad y partieron con la temeraria alevosía de carecer de fronteras y convenciones sociales hacia el calidoscopio artístico y cultural del México de las primeras décadas del siglo XX. Contradiciendo vitalmente, las palabras del General Volio: La historia y Filosofía de vivir, de estas dos mujeres no se disociaron en palabras, ni se distanciaron en conocimientos. Mas bien se embriagaron mutuamente de vivencias y asombros compartidos.

En versos de la poeta Eunice Odio, otra visionaria de la provocación. Su hoguera nos dice:
Cómo voy a ser ya,
niña en tumulto,
Forma mudable y pura,
o simplemente, niña a la ligera,
divergente en colores
y apta para el adiós
a toda hora.

Pareciera que recordar a estas mujeres, es un ameno ejercicio de memoria colectiva, de reseñas históricas o de reivindicaciones con el pasado.
Pero la idea de este festival no es adelgazar el presente y engordar el pasado. Queremos atrapar todas las historias e inquietudes posibles y construir con paso firme una dinámica que mezcle con estética, pasión y vitalidad el día a día. Que se contagie de naturaleza, de altas risotadas y mínimas preocupaciones la magia de la tarde y el fresco espíritu del día.

Que cada espectador, artista o peatón que pase al calor de la palabra, desande sus pasos y sea solo oídos al rumor de la anécdota contada.

A esta altura del discurso, el que escribe no sabe para donde va, el que lee ya se fue. Pero lo cierto es que todos estos párrafos se desprenden de la esencia y simbiosis que provoca la relación humana con la naturaleza.

Donde la diversidad es el viento garante, de la tolerancia y de que abrir las ventanas y puertas a otras formas de pensar, de ver y ante todo de sentir. Recordemos que en la diversidad está presente la evolución, esa condición que le da fuego al espectáculo de vivir.

Ahora las neurociencias están despertando aún más nuestros cerebros, señalando la importancia de sociabilizar ideas, de encontrarnos en el dialogo. Nuestra red neuronal supera en células las estrellas del universo y ese dato como salido de una novela de ficción. Nos compromete con alumbrar con fuerza la arquitectura emocional de cada uno de nosotros.

Mujeres y hombres que se unen más por la luz, que por las sombras. Que se mezclan en ideas, pasiones y sumas de nostalgias.

Mujeres y hombres, que no se fragmentan en islas de egos, conceptos o eufemismos. Sino que, como olas, bañan de opciones el sendero que intuimos.

Y ante todo a buscar en la simpleza, la razón de reunirnos en torno a nosotros mismos, bajo la sombra de un frondoso árbol de infinitas metáforas de comunicación y encuentro.

Como los versos de La uruguaya Juana de Ibarbourou a principios del siglo XX, que rimaba la sencillez y levedad de la vida en estos versos:

Llueve, llueve, llueve,
y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.

Diego Lasso

Edición dedica al espacio público, ese que es eje de nuestra comunidad. ¡Porque el espacio público es suyo!

La humanidad en los últimos 50 años inundada de progreso y un futuro exitoso. Ha entrado como un huracán sin buen sol y agresivos vientos, derrumbando hábitos tan cotidianos y humanos:

Como la sana costumbre de dormir sin desasosiegos. De hacer una siesta en la tarde sin culpa alguna de estar perdiendo el tiempo. De hablar con los hijos bajo la natural voz de unos padres hambrientos de historias por compartir fragmentos de vida y afecto.
Ya en el exterior de la casa, ha tumbado árboles para incrementar la orgia de cables que cuelgan de unos postes grises y tristes, por donde ahora circula la sangre de sus logros tecnológicos. Y sin proponérselo, esta humanidad que ya cumple medio siglo de desarrollos y avances tecnológicos, bajo la dirección de sus mentes más brillantes. Produce cuentos tan terroríficos que superarían con creces la macabra imaginación de la literatura del terror.

Cuentos de espanto plastificado, como el de que el 90 % de las aves marinas que aun vuelan de milagro por los océanos del mundo, con el peso en sus estómagos de más plástico que alimento marino.

Cuentos de pavor, que narran con cinismo como una de las maravillas de la evolución oceánica con nombres tan provocadores y húmedos como: holoplancton, meroplancton, zooplancton, fitoplacton, entre muchos otros, que observados en el microscopio superan con creces la infinitud y diversidad de vida. Esten siendo superados por moléculas sintéticas con un grandilocuente e inerme nombre de Micro plásticos.

En palabras más pavorosas.
¡Transformamos en 50 años los océanos en una sopa de plástico. ¡
Mientras escuchan esta historia, en este momento se están vertiendo al mar un millón de toneladas de plástico. ¿Quieren más cuentos de terror?
Para no indigestarlos de tanto plástico, Este Festival tiene un espacio para escuchar historia de amor, con una simple y humilde regla: Contarlas tiernamente sobre un pecho libre de siliconas y 100% orgánico.

Volviendo con la historia de la humanidad y dejando de navegar sobre los terroríficos plásticos del océano. Llegamos alegremente al puerto de Ciudad del cabo, la segunda mayor urbe de Sudáfrica, y para que brillen aún más estas palabras. De ese puerto salen siete millones de quilates anuales de diamantes. Y ya en el puerto enceguecidos por el brillo de sus diamantes, tristemente nos anuncian que es la primera urbe en declarar el agotamiento total de un recurso que también brilla, el agua. Brillo que dejara de circular en burbujas de refréscate hidratación, en las casas de más de 4 millones de habitantes.

Pero no se espanten, que los cuenteros de este festival no van de gira a Ciudad del Cabo.


Y como acá en este país el agua es un milagro de DIOS, los invitamos a rezar con sus botellas de agua de plástico, en la plaza de la democracia: La misa nocturna LOS CUENTOS VIVEN LA PLAZA.

Advertimos que el objetivo de este discurso es tratar en lo posible de no contagiar sus oídos de un pesimismo orgánico. Por tal motivo los invitamos a nuestras presentaciones de Cuentos de Amor con Humor. Que les hacen olvidar sin tanto esfuerzo las anteriores historias terroríficas del planeta, carentes de sensibilidad y prohibida para menores de edad. Siempre es optimista prevenir a nuestros hijos de esas realidades tan lejanas de nuestra vital, nutritiva, rutilante, ecléctica y feliz vida cotidiana.

Por motivos ajenos a nuestra intención de hacerlos reír esta noche, se nos informa que debido a una moral más práctica Y que la risa es ofensiva y pagana. Debemos suspender esta actividad y acercarnos a la iglesia más cercana, para rezar por un mundo mejor.

No olviden llevar las botellas de plástico, los celulares en modo de avión, por si vuelan con el espíritu santo y la cajita feliz acompañada de la leche pinito azucarada de fresa para que los niños se alimenten muy bien y reciban la glorificación de este nuevo Festival San Jose Cuento…perdón puro DIOS. AMEN.

Diego Lasso

Cualquier ser vivo: respira, come, se reproduce y evacua lo que indigesta el espíritu. Se suma la risa y la capacidad humana de crear un lenguaje e inteligencia que hasta el día de hoy a eliminado el 58% de las demás especies.

Ante esta realidad las sociedades cuentan con un tumultuoso sector de especialistas que confunden el rábano con el banano, pero que saben distinguir con eficaz profesionalismo los pasos de una marca prestigiosa, de las huellas de un pie descalzo.
Cada día somos más expertos en todo y menos prácticos en el arte de vivir. Somos propensos a la complejidad y anémicos a la sencillez. Somos bipolares en la levedad y con trastornos de ansiedad en la obsolescencia. Pero siempre dispuesto a la queja sistemática y ante todo a promover el caos de las soluciones.
Tenemos hipotecado el bienestar, porvenir y éxito en cuotas mensuales a 30 años. No importa que en 5 años el agua no sea una hipoteca sino la grieta de la deshidratación humana. Y para festejarlos con la familia y con los amigos subimos las imágenes de nuestros logros a la red social que globaliza la privacidad de nuestra intimidad y la orfandad de nuestro sospechoso éxito.
Ahora estamos desnudos, a la intemperie de millones de cansados ojos que como autómatas nos cliquean su aprecio y virtual ternura.
Y cuando realmente desvestimos nuestros cuerpos al lado del mar… No tocamos fondo, ni sentimos la frescura del agua. Porque el selfie se puede salpicar por las gotas de una inoportuna ola.
Estamos adheridos más al celular que al ritmo cardiaco, más a la ubicación satelital, que al gratuito privilegio de ser bípedos. De la noche a la mañana dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en cibernautas.
Nuestra relación con el entorno, es virtual, mediática, googleolica. ¡Tocar o sentir! no hay tiempo. Miremos, tecleemos, enviemos.
Energéticamente somos unos spinning bajo techo, pedaleando para bajar calorías, mientras miramos los rollos de grasa del que está enfrente, la celulitis de la que está al lado y las nalgas postizas de la que está en primera fila orgullosa de su sintética voluptuosidad. Mientras el reggaetón a todo volumen estremece no de música, sino de decibeles el sudor de la moda deportiva.
¿Y las caminatas por el bosque, respirar naturaleza, sentir el sonido del agua recorriendo las sinuosidades del rio? … ¡Eso! ya me lo enviaron por wasap.
¿Y los árboles y los pájaros y el atardecer y la luna?? ¡Ah! Eso no lo he podido descargar en mi aiphone. Más tarde, igual es poco viral…
En pocos años hablar, será un verbo perdido en las búsquedas de Wikipedia.
La comunicación en estos años, no consiste en dialogar. Se estudia en una universidad y se ejerce verticalmente para mandar u obedecer semánticamente las señales laborales.
No es que seamos pesimistas en medio de la fractura en la Antártida, en medio de los osos polares sin hielo y sin vida, en medio de las jirafas sin cuello, en medio de las continentales islas de plástico en los océanos, en medio las cuatro horas de presa que se le restan diariamente a la vida en las autopistas de la modernidad, en medio de la ritalina que consumen los niños de hoy, en medio de las pastillas de prozac que prometen felicidad, en medio del bullying periodístico de cada día, en medio del muro, en medio de la xenofobia de nosotros mismos …
No es que seamos pesimistas. Simplemente a toda esa lista cliqueen: ¡Me Gusta! Como un acto de nuestra esmerada educación y cultura de estar informados de todo. Y filológicamente ser indiferentes a todo.
Quizás por lo poco que dijimos o por lo que no se ha dicho, y aún con más seriedad por lo que no debemos decir. Los invitamos a que no tomen sus bicicletas. Se pueden morir en el intento de pedalear por la calle.
Y más bien se suban a un bus, un tren y se lleguen al próximo Festival Internacional Puro Cuento, donde el optimismo es tan populista que a necesitado de un discurso como este, para regalar palabra e historias sin IVA, sin el 10% de servicio, sin el 20% para el muro, sin RTV, sin patente y sin factura electrónica.

Festival de Cuentos tan optimista que los ¡previenen! de usar bicicletas, de leer cuentos mientras conducen, de dialogar mientras chatean, de aplastar animales en las carreteras mientras esquivan la congestión de carros en sus GPS y ante todo de perder culturalmente su tiempo mientras viajan en el bus, porque en el tren no se escucha. Y oír oír oír a un narrador oral decir:

En los buses urbanos, suben y bajan preocupados e indispuestos rostros
que apresuran la puntualidad de la jornada.

En los buses urbanos, va colgando la pesadumbre cotidiana que ha perdido su puesto.

En los buses urbanos se apretujan, se dan codazos, se arañan se arrugan, se agreden, se quitan, se disminuyen, se escupen, se enredan y se frenan:

Los que sin Dios madrugan, los que van tarde, los que no ceden el puesto,
los que venden palabras milagrosas, chocolates, cepillos de dientes…
Los que muestran la hernia, la llaga y que, sin un riñón o pierna, creen merecer una moneda.

En los buses urbanos, todo es dolorosamente público. Se paga el viaje exacto de lo que somos en la semana.

Y se timbra un paradero antes de un Domingo con sol, para bajarnos manoseados por la muchedumbre urbana.

Diego Lasso

La literatura como expresión artística, es el gran termómetro de lo que piensa y siente una sociedad. Su capacidad de crear personajes, arquitecturas, geografías y todo aquello que embarga el sentimiento humano, promueve un vínculo permanente entre la imaginación y la realidad. Las palabras que son el sucedáneo de su materia y razón de ser. Invaden con premisa o sosiego, la sensibilidad de los lectores. Que son los que determinan, la frontera o el abismo con que se despiertan esas palabras.

Son los lectores, que se transforman en otros, mientras leen o escuchan el paso de esas palabras, sus ecos, el grito de sus pasiones, el peso de sus nostalgias, el abrasador sentimiento de sus ausencias. Lectores que vuelven a su propio cuerpo, pero desbordados de otros espíritus, de mayores incertidumbres o contagiados de nuevos retos.

Eduardo Galeano, siempre pesco anécdotas, hazañas personales o retazos de historia que incomodaban el paso a la MEMORIA OFICIAL. Esa que escriben los vencedores y que ahora los noticieros nacionales divulgan con un profesionalismo riguroso y que cuentan, con esa libertad de prensa que le otorga la publicidad de un detergente o el desodorante con huella de carbono, que impide el sudor y las manchas de los 45 grados de temperatura que produce el cambio climático bajo las axilas humanas. 

Los libros de Galeano, se propusieron la tarea de invitar a la realidad, que casi siempre supera con creces la imaginación y se transformaron en las voces íntimas, populares y fantasmagóricas de un continente, que ha labrado su historia con la dignidad desbordada de muchos fuegos personales. En sus obras están las oquedades, los abismos de una orfandad que se va juntando en nuestra historia colectiva.
Galeano no son las VENAS ABIERTAS DE AMERICA LATINA, su libro más emblemático. Tan solo tenía 23 años cuando lo escribió.
Galeano es: LAS MEMORIAS DEL FUEGO. Esa Arteria que nos lleva al corazón de América, en un bombeo de diástoles y sístoles de nuestra verdadera realidad. Un libro que crece con nosotros.

Esa Trilogía de Nacimientos, Caras, Mascaras y Siglo del Viento, que logra penetrar en la mitología prehispánica, caminar sin tropiezos por las terrazas de una arquitectura que sedujo la altura de los andes como: Pisac, Ollantaytambo, Machu Picchu y los Viveros de Moray.
La del desierto como: Chan Chan, la ciudad de barro más grande de Latinoamérica. La de Caral, que se ancla en un pasado más antiguo que las civilizaciones mesopotámicas. Y que carece de vestigios hostiles y más bien, muchas huellas de tolerancia y bien común. Todo un descubrimiento, sin precedentes en la arqueología mundial. Y que la ACADEMIA ANTROPOLOGICA DEL PATRIARCADO, le otorga ciertas dudas a su descubridora, por ser una mujer enorme: Ruth Shady Solís. 

No olvidemos tampoco, ni pongamos en dudas, esa ciudad de canales navegables y colores de naturaleza viva como Tenochtitlan que sorprendió la avaricia triste y mediocre del cronista Bernal Díaz del Castillo. Quien se quedó sin imaginación para describirla.
Recordemos que para esa época, los europeos no sabían qué hacer con la mierda y los desechos de sus ciudades. Y esa incapacidad sanitaria les había causado la muerte de una tercera parte de su población en lo que se denominó la Peste Negra. Grave problema escatológico, que ya había sido resuelto varios siglos atrás por las culturas prehispánicas.

Y es que las Memorias del Fuego, es una verdadera Arteria que nos lleva al corazón de Latinoamérica. Con sus leyendas, personajes, pueblos, sueños, Maíz, Papa, Jaguares, Colibríes, búhos y hasta la historia de la Yerba Mate, que nace cuando la luna navega por el rio Paraná e ilumina su entusiasmo de compartir con un mate de mano en mano, de sorbo en sorbo esa bebida guaraní, que festeja la palabra, la camaradería y el ánimo del día.
Hoy no compartimos ni el saludo físico, ni el verbo, ni el entusiasmo. Somos virtuales hasta para expresar la ira y la risa.
Y es que en el interior de esta obra, encontramos nuestros verdaderos rostros, no los de la historia oficial y cronológica, sino la que nos contagia de luces y nos incita a dudar, que es el principio del conocimiento. 

Su savia y chispa, recorre ese antiguo y esplendido Camino Inca (en Quechua Qhapaq Ñan) que se extendía por 40.000 kilómetros desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y Argentina. 

Memorias del Fuego, que también navegan en los barcos indígenas de la cultura ecuatoriana huancavilcas, desde el pacifico sur hasta Acapulco en México, comerciando las Spondylus y el Cacao Americano. Tráfico de especies y productos que dejaban un aroma de selva y andes por el océano. Totalmente antagónico al dolor y tragedia humana que transportaban los negreros ingleses y europeos que inauguraron los tratados de libre comercio con el alma de una de las culturas más alegres y creativas, la CULTURA AFRICANA.

A esta altura de este discurso, la narración parece un tratado de historia, pero es que Galeano, hizo de la historia una excusa para contagiarnos de quimeras, metáforas y utopías. 

Como la del Alexander Von Humboldt en sus Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. La de Aimé Bonpland, recogiendo e inventariando plantas en las tierras americanas. Personajes que inauguraron la curiosidad botánica, la defensa de la naturaleza, mientras un ejército de lacayos destruían y asesinaban en nombre de la cruz y fundían la maravillosa filigrana y creación artística en lingotes de oro para saciar su autoridad imperial, esclavista y eclesiástica. 

“Y no fue que necesitáramos a Humboldt y Bonpland para inventariar nuestra geografía y naturaleza. Porque ya la teníamos en la sangre y en el alma. El códice botánico prehispánico era nuestra medicina. Códice que llamaron De la Cruz – Badiano, porque así se llamaba el cura que lo tradujo al latín y que representaba la farmacopea prehispánica. Y que el gran muralista mexicano Diego Rivera lo pinto en las paredes de México, para que lo olvidaramos”

Como dice Galenao, Los indígenas nunca tuvieron que defender el Medio Ambiente, porque hacían parte de él. Pero tanto Alexander Von Humboldt como Bonpland fueron los pioneros en la defensa del Medio Ambiente, caminando, respirando y explorando la geografía Americana.
Porque ya en Europa el Oro y la Cruz, estaban por encima de la arboleda y la magia del bosque.
Hoy el alma de la naturaleza la defienden por Facebook. 

Quizás con la educación, podamos transformar las necesidades en conquistas ciudadanas. La historia, en una herramienta de ejercicio con el pasado que impida equívocos y nos haga ver otros senderos. Pero tristemente, la academia sufre de una de las peores crisis del Sentido Común.
Hoy educarse, es un sinónimo de poder, de prestigio, de especializaciones. La educación pública ya no tiene Estado y País que la quiera sostener. Ahora se privatizo su pedagogía y si antes se educaba para la tolerancia y la libertad, hoy se educa para el “Éxito”, “la Excelencia”, “Solo los mejores”. En otras palabras las Universidades Privadas parecen un marketing de ventas, que una institución humanística.
En Patas Arriba, ese texto de Galeano que señala las verdades con el dedo, como cuando se creó Macondo, está la verdadera realidad de la crisis de la educación. 

Galeano no es un educador, un pedagogo, es algo mejor un provocador. Como lo fue Don Simón Rodríguez el maestro del libertador Simón Bolívar. Que en la escuela donde impartía su espíritu de aventurero, mezclaba a los niños y a las niñas, a los pobres y a los ricos, a los indios y a los blancos, y también unían la cabeza y las manos, porque enseñaban a leer y a sumar, y también a trabajar la madera y sembrar la tierra. Y que además, se desnudaba por completo para dar clases de anatomía. 

Rodríguez nunca fue pedagogo, fue un viajero empedernido, que desde las estepas rusas, pasando por los pirineos y los laberintos de los Andes, experimento el mundo en sus venas y con su corazón de trashumante palpitaba de vida y anécdotas. Contario al educador de hoy que memoriza un plan académico y ejerce la autoridad para trasmitir un conocimiento lúgubre, que nunca ingresara a la sensibilidad colectiva.

Hoy en el siglo XXI, donde Donald Trump, Wasap, Fast Food y las tetas postizas son los quiméricos representantes del estruendoso ruido y altanero progreso. Andar desnudo dando clases de anatomía, puede provocar una indigestión de hamburguesa en el epidérmico virus de la moral y mandar a construir un muro fronterizo para los salvajes latinos que se desnuden.

Me voy desprendiendo de este desnudo discurso, porque leer a Galeano, es contagiarse de crítica, de fuego, de rebeldía, contrarias a la ensimismada congestión de vehículos que ahorcan la cotidiana vida.

Donde caminar y montar en bicicleta carece de modernidad y hablar no tiene una conexión segura, porque teclear mensajes a mil amigos virtuales, supera la expectativa de encontrase con uno real que huele a vida.

Pero dejemos las trampas del pesimismo y gocemos con los cronopios como Galeano, que aún quedan y que gritan, que levantan la voz, que ladran, que aruñan, que se levantan el vestido, que se desnudan, que lloran, que ríen y que se embriagan de atardeceres y se broncean con el sol de algunas palabras y le leen a los espectadores en los FESTIVALES DE NARRACION ORAL lo siguiente:

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir.

Diego Lasso

Leer un cuento es un acto solitario que te tira al sillón, al andén, a la cama. Y si es bueno no te deja respirar o te expulsa de la predecible vida cotidiana, montado en las escritas hojas de otros posibles mundos.

Leer un cuento es un acto arriesgado, como estar echado sobre el abismo de la hamaca y sentir esos desaforados párrafos que te desvisten una mujer que tensiona aún más el nudo del relato y por supuesto el nudo de la hamaca.

En ambos casos el cuento nos sustrae, nos golpea, nos empuja. ¡A donde no importa ¡ Lo decide en su intimidad el lector…

Si nos cuentan el cuento la historia cambia. Compartimos entre todos, la atención o la indiferencia, la mala cara de muchos y la risa del que escribe o la embriagues de las húmedas palabras con que nos baña de historias el narrador.

Narrar es un acto tan humano como cruel.
Hay frases rebeldes que no se domestican con la saliva. Hay gestos corporales, que no le dan luz a la palabra sino oscuridad. Hay atmosferas tan voluptuosas que el narrador se puede desvanecer o eréctilmente crecer y convocar con ímpetu y pasión todos los oídos del auditorio.

De ambas formas, leyendo o escuchando, si no te gusta tiras el cuento o no pagas la función. Y cumples con la única condición de leer o escuchar. Solo POR PLACER.

Escuchar un cuento, nos hace caer y hasta olvidarnos de nosotros mismos. Porque de ese cuento, partimos en otra piel, en otro cuerpo, en otro camino, en otra historia, en otra alegría, en otra angustia, en otra posibilidad.
En otras palabras podemos ser otros o muchos mientras escuchamos, mientras imaginamos, mientras nos ocultamos de nuestra propia sombra.

Hace pocos meses se fue a colgar la hamaca bajo los almendros de Macondo, el gran contador de historias, de cuentos y de geografías humanas. Ese Gabriel García Márquez que inspira este séptimo festival de San José Puro Cuento.

Ese Gabo, como le decían con cariño, que supo contarnos la gran novela de la vida.

Esa Cien años de Soledad que es una congestión de testigos cotidianos, vivos y muertos, como ese Prudencio Aguilar que se aburrió de tanta soledad en el más allá, que ignoró el soborno del cielo y se vino al más acá para hablar con José Arcadio.

Es que esa novela es un sentimiento agujereado que se derrama en los meandros de la familiaridad latinoamericana. Es una Biblia Vallenato, con su Génesis, su Éxodo, su Diluvio y su Apocalipsis de esa genealogía de Arcadios y Aurelianos que fundaron Macondo, que se arruino con las guerras de la independencia, que participo en 32 guerras civiles y todas las perdió, que sublevo a los trabajadores de la bananera y terminó en una masacre, que conquisto el poder sin proponérselo y no supo qué hacer con él y que se extinguió en la nostalgia de su grandeza, donde su último descendiente se pego un tiro atormentado de tanta soledad.

Una novela que se puede leer o escuchar, por el caprichoso placer de volver a sentir la geográfica voluptuosidad de Pilar Ternera; la atracción trágica y desnuda deRemedios la bella; el sentimiento maternal que domestica el azar y lo casual deÚrsula Iguarán; la pasión por la ciencia y su irremediable guerra, que componen el armamento del Coronel Aureliano Buendía; las 63 vueltas al mundo y ensimismada virilidad de José Arcadio. Sin olvidar al italiano Bruno Crespi que llevo el cine a Macondo.

Y a Rebeca; a “Meme”; a Petra; a Fernanda; a las Amarantas, una que muere virgen y la otra que tiene un hijo con cola de cerdo; y a esa Nigromanta, la negra de caderas de yegua y tetas de melones vivos, la amante del García Márquez literario; a todas esa mujeres que embriagan de vida, de risa, de ternura, de ironía; los pasos y páginas de una realidad que siempre supera la ficción… “y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra..»

De Gabo, los lectores o escuchas no quedamos impunes: dejamos en sus libros retazos de lo que somos y nos llevamos mariposas amarillas, deseamos su Cándida Eréndira y sufrimos con Ojos de perro azul la voraz infidelidad bajo los almendros, asistimos a los Funerales de su mamá grande y terminamos tomando chocolate para levitar sobre nuestra propia vida, y si queremos ser cronistas de su muerte anunciada, quedamos junto a Santiago Nasar salpicados de cagada de pájaros.

Y como si el realismo mágico fuera una prueba más de Melquíades y su alquimia, cuando naufragamos en el océano de sus novelas nos transformamos en:
El ahogado más hermoso del Mundo, el cuento que quizás ustedes o yo quiera vivir, sentir o contar.

Diego Lasso

Historias, anécdotas, el novelón, la huella de carbono, nuestro cuento, el CHISME, si el CHISME, no el virtual, de celular o facebook NO.

Es el que todos queremos oír, escuchar de boca a boca, con el aroma a saliva fresca o al mal aliento de su contenido. Es que al final, somos unos chismosos, por encima de la cultura, somos unos chismosos.
Y es que ese chisme que siempre aumentamos o cortamos para que sea más contundente, para que convoque con más fuerza al próximo o muchos oídos, lo sentimos con el tímpano en la mano o con los oídos sucios de cera o indiferencia.
Y siguiendo con el chisme y su predecible talento de no quedarse mudo, es la evidencia más antropológica y científica que aun somos humanos. Que aun respiramos, masticamos y digerimos, agudas, graves y esdrújulas palabras que incomodan nuestra cabeza.
Y en incomodar radica el cuento, en alterar el orden, la disciplina, lo predecible. En fragmentar lo amargo y dulce que podemos ser.
Y es que seleccionar lo que queremos oir, hace parte de nuestro propio arte:
Como poner el oído en el pecho de ella y sentir sus jugos gástricos depurando su intimidad…
Poner el oído en la almohada y escuchar la pequeña llama que somos cotidianamente, esa que no nos enciende…

Poner el oído en la calle y escuchar el chirrido de las llantas que congestionan nuestros pasos…
Poner el oído en las paredes y oir el mismo noticiero, las mismas noticias, los mismos titulares, la irremediable soledad de los que habitan con el control en la mano y el TV cable en la cabeza….

Quizas todas esas frases anteriores sean parte de la farsa, de este discurso que solo pretende extender el sutil chisme de que la vida, la verdadera vida está muy necesitada de ser escuchada.
No a esa vida que engañamos con el chisme de la certidumbre, de los COMBOS de optimismo pagos a 24 meses, del Dos por Uno de lo que NO necesitamos, de la comida rápida, fría y dulcemente artificial, del prepago y pospago de las llamadas mas repetitivas y tristes que cotidianamente escuchan muchos oídos….

ESCUCHEMOS LA VERDADERA VIDA, SEAMOS CHISMOSOS DE VIDA, contagiemos y convoquemos muchos fuegos, muchas risas, muchos oídos, muchos incendios de pasiones, por el camino de los arboles, de los ríos, de las montañas, del aire, del abismo y pongamos el oído en el volcán que erupciona lo que realmente somos, en el verdadero Chisme de este nuevo y chismoso Festival de San José Puro Cuento.

Diego Lasso

Las palabras tiene el encanto de mentir, de ocultar, de engañarnos con vocales que desnudan verbos y adjetivos. Nos pueden herir, sangrar y entristecer con algunos monosílabos.

Las palabras juegan a esconder sinónimos y antónimos de la angustia individual y colectiva o a festejar con hipérboles las alegrías de todos. En otras palabras, las palabras son peligrosas, pueden traficar con la alegría y tristeza de uno, de los otros, de ellos….

Pero las palabras, también nos embriagan de otros mundos, nos conquistan junto al calor humano y si son bien pronunciadas nos acercan al cuello, a los lunares o provocadores labios de esa mujer que escucha y ve entre nuestros dientes y abertura de la boca, la saliva con que queremos humedecer su cercanía.

Y las palabras son lúdicas, despiertan la curiosidad infantil y la trasladan a los territorios donde los niños juegan con su misterio, encanto y magia. En la curiosidad de los niños se fragmentan, se reúnen, se transforman en rompecabezas, en castillos, en la boca del ogro, del duende, del silencio de un bosque encantado…

Cuando las palabras se hacen un oficio, pueden convocar muchas bocas, muchos oídos, que sienten, que desmienten o entretienen el tiempo, el espacio donde habitamos con la pesadez de ciertas cotidianidades…. Es decir se hacen cómplices de nuestra fuga, contagian de libertad nuestro escondido espíritu.

Pero las palabras necesitan de una boca que las encoja, las alargue, las extienda, las pinte , las bañe , las libere…. Necesitan de un cuentero que se aproveche de su nobleza, que las explote y las haga gritar: cuentos, historias, anécdotas, conjuros, hechizos…..

Y cuando los cuenteros salen a recorrer , las calles, las plazas, los parques, las aulas, la arquitectura que transita Usted, Yo, la chica que va adelante, los niños que van al lado…La vida empieza a florecer de imaginaciones verbales , de nubes cargadas de tildes y puntos, de aguaceros que inundan las conjugaciones, de soles que broncean el sustantivo y de ríos de vocales y consonantes que buscan desembocar en el mar de la palabra. Pero ante todo de oyentes que no entienden y preguntan al de al lado, que es lo que esta diciendo el que pronuncia este discurso.

Bienvenidos a este festival de cuentos, que convoca embusteros, traficantes, domadores, farsantes de la palabra, todos ellos alegres de engañarlos con historias, de robarles el tiempo, de sacarlos de la realidad y embarcarlos y conjugarlos con el verbo de la imaginación y la metáfora del cuento.

Diego Lasso

2010 | Abriendo historias cómicas

Ay caminos en la vida que van por las historias y otras que van por la comedia. Las más afortunadas se entrelazan. 

2009 | San José Puro Cuento

¡Llenando chepe de historias!

Apólogos, fábulas, relatos breves, narraciones orales, historias contadas, todo parece el mismo cuento, el mismo sinónimo emigrante que domestica las palabras, que las seduce, que las conquista, que las embriaga que las desviste… que hace de ellas una aventura, un misterio, un encuentro, una denuncia, un viaje…

 

 

Y es que el juglar, el rapsoda, el cuenta cuento, o el narrador oral con su bitácora de imaginación, con su brújula del lenguaje, con su alquimia de abecedario, nos lleva por los laberintos, por las orillas, por el desierto, por las montañas, por los abismos…

 

O simplemente, nos abandona, nos sumerge, nos vulnera, nos distrae, nos engaña,

nos estremece, con ese natural arte de pronunciar con sus labios, de hace vibrar las vocales, las consonantes, de extender frases, exclamaciones, de ser un acróbata del movimiento entre lo que dice y reflejan sus gestos…

 

Y nosotros, los que lo escuchamos, lo asistimos, lo circundamos, lo vemos, vamos construyendo un imaginario individual o colectivo de esas historias, de esas memorias, de esas imaginaciones, que juegan entre el pasado y presente, entre el fin y principio de cada cuento.

 

Una de las principales razones que nos permiten sociabilizar opiniones, criterios, deseos, temores, estados de ánimo y todo aquello que resalta el carácter humano de nuestros actos, es sin lugar a dudas la capacidad de expresarnos con el lenguaje.

Sin embargo, nos hemos convertido en cultivadores de un dialogo que suprime cada vez más palabras, que empobrece el vocabulario y opaca la belleza con que podemos describir o comunicar lo que sentimos.

 

Vivimos una época donde la comunicación representa el carácter del Siglo XXI, pero irónicamente es donde menos posibilidades tenemos de relacionarnos en una conversación fraternal, pausada , que consienta el propósito de encontrarnos entorno a una humeante taza de café, un buen vino o una tertulia de amigos.

La inmediatez que impone la sociedad a minimizado el placer de reunirnos, vivimos en un mar de información e imagen que nos hace vulnerables a ocupar la mayor parte del tiempo en ser útiles, productivos, en crear la condición de seres siempre ocupados, propensos a reflejar la imagen de personas modernas.

Las mayores preocupaciones individuales y colectivas se generan por medio de como acceder continuamente a los bienes y servicios que impone la sociedad de consumo. Cada vez la técnica nos transforma, nos domestica, nos hace depender de sus avances, de su capacidad de improvisar las circunstancias y normas con que debemos vivir.

 

Y es por eso que la defensa del lenguaje, se hace necesaria para poder seguir respirando palabras que dimensionen con mayor altura el derecho a discernir, a denunciar, a imaginarnos un mundo mejor, más coherente con nuestro espíritu de hijos de la naturaleza y no de una máquina.

 

Pero, en donde podremos encontrar la fuente que enriquezca ese lenguaje, que permita mostrarnos otros rumbos, de sentir la desbordada fuerza de una sensibilidad más comprometida con el asombro que con la obligación, más vital que disciplinada, más impredecible que eficaz, más contemplativa que cómoda, en fin, no hay duda que todo ese inventario de búsquedas lo podemos vivir escuchando cuentos.

 

Y acceder a ellos es tan natural como comer manzanas, solo hay que tener apetito de curiosidad, pasión por aprender, por navegar sus ríos de conocimiento, por conquistar mayores territorios de lucidez, quien no desea embriagarse de palabras que seduzcan, que conmuevan, que nos permitan abrirle las puertas a lo que queremos.

 

Y es que en los cuentos no solamente nos reflejamos como oyentes, como oníricos personajes ávidos de otras realidades, sino también, podemos broncearnos con el sol de sus historias, humedecernos con el mar de su leyendas, despertar continuamente la nostalgia de lo que somos y lo que queremos vivir…

Y porque el mayor compromiso de los contadores, de los narradores de hoy, de los juglares, de los rapsodas de ayer… es invitarnos continuamente a descubrir en ellos la ausencia o el derroche con que soñamos la arquitectura de nuestra propia realidad.

2002 | San José La Fiesta del Cuento

Este año comenzamos, de la mano de Edgar Ortiz. Y como todos los buenos momentos no tenemos fotos. Quizás encontremos fotos alguna vez, y si eso pasa, prometido las subiremos.

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